Encontró la verdadera libertad en prisión

En una pequeña celda en Irán, Taher, un padre de familia con dos hijas y de pelo canoso, se enfrenta a los fríos muros de la prisión y empieza a susurrar una canción: es el himno que solía cantar su familia cuando se congregaban en la clandestinidad. El sonido retumba en las paredes; cada palabra que resuena trae paz y valentía.

Cuando los guardias fueron a buscarle para llevarlo a la sala de interrogatorios para ser nuevamente interrogado, Taher sintió que estaba preparado.

Antes de que Taher abandonara la sala de interrogatorios, rápidamente deslizó sigilosamente a su bolsillo un bolígrafo que estaba sobre la mesa. Cuando lo llevaron nuevamente a su celda, empezó a escribir en las grietas de las paredes.

«Pedid, buscad, llamad y se os dará», escribió en la pared cerca del suelo, con la referencia escrita de Mateo 7:7.

Tenía la esperanza de que este versículo y otros que escribió en las paredes de la celda sirvieran para alentar a otros cristianos como él, creyentes de Irán que serían arrestados y se encontrarían en la misma celda. Quizá estos mensajes darían a otros el valor de permanecer firmes frente a los interrogatorios.

Lo que llevó a Taher hasta una prisión iraní es una poderosa historia llena de fe y resistencia.

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Encontrando a Jesús en Irán

Aunque creció como un musulmán radical en Irán, Taher siempre sintió que había algo más, algo que él estaba dejando de lado en su vida. No fue hasta que su hija pequeña, Farah, cayó enferma de muerte, que cambiaron las cosas drásticamente.

Taher y su mujer, Donya, llevaron a Farah ante muchos líderes musulmanes para que orasen por ella, pero nada ayudó. Desesperados por ver sobrevivir a su hija de diez años, Donya pidió a algunos amigos cristianos que conocía que oraran por Farah.

Cuando se encontraron, estos creyentes pusieron sus manos sobre su hija mientras oraban. Poco después de esta reunión especial, Dios hizo un milagro en la vida de Farah.

Desde aquel momento, Donya dejó el Islam para seguir a Jesús, aunque Taher todavía no estaba convencido. «Estaba buscando errores para demostrar a mi mujer que el camino que había tomado no era el correcto», comparte Taher.

Pero los cristianos que oraron por Farah también oraban para que Jesús tocase el corazón de Taher. Hasta que, una noche, Taher entregó su vida a Jesús.

«Fue como si una carga me fuera quitada de los hombros», nos dice Taher. «La carga de tener que rendir cuentas de mis pecados cuando muriera se desvaneció. Sentí como si estuviera volando. Fue el momento más bonito de mi vida.»

A partir de ese momento, Taher se convirtió en seguidor de Jesús y se comprometió a entregarle todo.

Pero para un musulmán en Irán, un país donde es ilegal convertirse a otra religión que no fuere el islam, ésta no era una decisión sencilla. Y pronto, este compromiso, sería puesto a prueba.

Arriesgarlo todo

En Irán, el octavo país de la Lista Mundial de Persecución, las iglesias clandestinas son asaltadas con frecuencia y los cristianos son vistos como enemigos del Estado.

Taher sabía de las redadas en los hogares cristianos protagonizadas por la policía secreta iraní, pero estaba dispuesto a correr el riesgo de seguir reuniéndose con otros creyentes y compartir su fe, en secreto, con sus amigos y compañeros de trabajo. Incluso envió CDs con literatura cristiana y materiales de discipulado.

Una mañana, mientras Taher estaba en su trabajo en una fábrica textil, recibió una llamada urgente. Había una voz grave y desconocida al otro lado de la línea: «¡Taher, tienes que volver a casa, ahora!»

Era la policía secreta. Estaban en su casa.

Donya estaba en casa esa mañana y recordaba lo ocurrido. «El hombre de la puerta me dijo que era el cartero. Cuando abrí la puerta puso el pie en el suelo para que no pudiera cerrarla», cuenta Donya.

La policía secreta irrumpió en la casa, insultó a Donya y reunió a sus hijas, Farah y Arezoo, en el salón. Tiraron las mesas, registraron los cajones y saquearon su casa en busca de cualquier evidencia que demostrara su fe cristiana.

«Solíamos cantar ‘A ti me rindo’», dice Donya «y siempre nos preguntábamos a nosotros mismos: ¿estamos listos y dispuestos para entregar todo a Jesús?»

Mientras la policía secreta seguía en su casa, Donya dijo al Señor: «¡Estoy lista para entregarte todo!»

Cuando Taher llegó a casa, las autoridades lo esposaron y le cubrieron la cabeza con una venda.

Sacaron a Taher de su casa, lo metieron en un coche y se lo llevaron. «En ese momento sentí a Jesús a mi lado», dice Taher.

 

El interrogatorio

Durante cada noche de la siguiente semana, la policía secreta interrogó a Taher desde medianoche hasta las 4 de la mañana, así como a diferentes horas a lo largo del día.

¿Qué haces cuando te reúnes con otros cristianos?

¿Qué canciones cantas?

¿Para qué organización estás trabajando?

¿Estás recibiendo dinero de Israel?

¿Cuáles son los nombres de los otros cristianos?

Escribe sus nombres.

Cuando paró el interrogatorio, lo volvieron a meter en aquella diminuta celda. Se convirtió en su rutina, día y noche. Pero Taher se negó a dar los nombres de otros cristianos.

Llegó un momento en el que metieron a Taher en una sección llena de asesinos, violadores y criminales peligrosos. Entonces le preguntaron: «¿Es aquí donde quieres que metamos a tus hijas? ¿Con ellos? Aquí es donde terminarán. ¡Tienes que cooperar y darnos los nombres, ahora!»

Taher sabía que no podía controlar lo que sucedería a su familia. Como padre, todo lo que quería hacer era protegerlas. Fue la mayor prueba de su fe. Sin embargo, Taher no se derrumbó. Él sabía que su esposa e hijas habían cantado la misma canción, y sabía que querían que siguiera firme en Jesús.

Así que nunca dio un solo nombre.

Dejando Irán

Finalmente, el servicio secreto liberó a Taher bajo fianza. Meses después, durante su sentencia, el juez decidió tener piedad de Taher y lo liberó con una condición: tenía que dejar de evangelizar. Si las autoridades lo volvían a arrestar, el juez no tendría clemencia y la condena sería la ejecución.

Sin embargo, al igual que la liberación de Pedro en el libro de Hechos, la advertencia de dejar de predicar no tuvo efecto. Cuando se le preguntó a Taher qué hizo después de la sentencia, dijo: «Volví a casa y empecé a ministrar y evangelizar de nuevo

Poco después, la situación en Irán se volvió demasiado peligrosa para Taher y su familia. El servicio secreto les seguía a todas partes. No pudo encontrar trabajo y el acoso diario se volvió abrumador. Las autoridades iraníes les impedían vivir con libertad.

Hasta que una noche se reunieron durante la cena y, en oración, tomaron la decisión de dejar Irán.

A día de hoy, Taher, Donya, Farah y Arezoo viven como refugiados en Turquía, pero siguen amando su país y esperan regresar algún día si Dios lo permite.

 

Sin mirar atrás

La vida en Turquía es extremadamente difícil para esta familia. Como miles de refugiados iraníes en Turquía, son personas con pocos (o ningún) derechos como ciudadanos. Es difícil encontrar trabajo; un nuevo idioma; y tampoco saben qué sucederá más adelante. Pero, aún en medio de estas batallas, el gozo que tienen en Cristo sobrepasa toda situación.

Taher ha podido perdonar a las personas que le interrogaron y no está resentido por el tiempo que pasó en prisión o cómo lo trataron los servicios secretos. «Encontré la verdadera libertad en el tiempo que pasé en prisión con Jesús», comenta.

Taher también espera que los pequeños mensajes que escribió en aquellas paredes de la celda sigan ahí para alentar a otros prisioneros a buscar a Jesús y entregarle todo.

Cuando se le preguntó si valió la pena perder todos sus bienes materiales, su hogar, trabajo, amigos y familiares, y dejar su país, Donya comparte: «Jesús lo merece todo. En mi opinión, todavía no hemos pagado el precio

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