Prepárate para escapar

Saghar encontró su asiento en el avión, con su pañuelo colocado holgadamente alrededor de su cabeza y sus manos moviéndose inquietas en su regazo. Mientras, su nombre se oía a través del altavoz del aeropuerto una y otra vez. Trató de obligarse a sí misma a levantar la cabeza para mirar por aquella pequeña ventana y echar un último vistazo a su país de origen, Irán. Pero el miedo la paralizó. Si el servicio secreto la atrapaba, podría terminar en una de las infames cárceles de Irán.

Saghar creció en una familia musulmana. Su primer encuentro con Jesús fue a través de un vívido sueño. «Sígueme», le decía Jesús. Fue esa simple pero poderosa llamada la que cambió su vida para siempre. En Irán, dejar el islam por el cristianismo es una peligrosa decisión. ¿Sabía en qué se estaba metiendo cuando le dijo «Sí» a Jesús? Probablemente no. Pero, a medida que crecía su amor por Cristo, también lo hacía su valor.

Saghar se reunía con otros cristianos, oraban y adoraban juntos. Siempre fue arriesgado, pero aquello fue la base para su crecimiento en la fe. Compartieron sus vidas juntos y se convirtieron en familia. Finalmente, Saghar decidió aceptar el trabajo más peligroso de la iglesia: el pastorado.

Entonces sucedió lo inevitable: el servicio secreto allanó la iglesia. Silenciosos, pero firmes, entraron los oficiales al lugar donde se estaba llevando a cabo la reunión de los miembros de la iglesia. Forzaron la puerta con una palanca pero sin levantar la voz para evitar la atención de los vecinos. Antes de que ninguno de los miembros de la iglesia se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, empujaron a las mujeres a una habitación y a los hombres a otra. Los miembros de la iglesia miraron a su líder con los ojos llenos de miedo: «¿Qué será de nosotros?»

Ser cristiano en Irán no es para débiles de corazón: las iglesias en casa iraníes son asaltadas regularmente y docenas de cristianos terminan en prisión cada año. Durante los interrogatorios, los agentes de seguridad mienten, incitan a los cristianos a que den los nombres de otros creyentes y se esfuerzan por destruir a la iglesia desde dentro. La redada en la iglesia de Saghar fue una como tantas otras.

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Saghar estaba preparada. Cada vez más cristianos iraníes celebran reuniones para compartir conocimientos y aprender sobre las formas prácticas y emocionales de soportar una redada con el menor daño posible. Pocos meses antes de la redada en su iglesia, Saghar había asistido a una de esas reuniones. En un abrir y cerrar de ojos, la teoría se convirtió en realidad. Saghar entró en la sala a la que la llamaron para interrogarla. La sala estaba llena de hombres corpulentos. Uno de ellos lo grababa todo. Saghar estaba aterrorizada, pero intentó calmarse: aquello era real y no podía cambiarlo. Tenía una iglesia que pastorear. Temblando de miedo, los recuerdos de la reunión de preparación para la persecución regresaron a la mente de Saghar. Tenía que hacer saber a alguien de fuera lo que estaba sucediendo, para orar e interceder. «¿Puedo ir al baño?» preguntó al oficial que le pareció más amable.

En el baño, Saghar cogió su teléfono, se hizo un selfie y lo envió al mundo exterior: «¡Por favor, orad por nosotros, nuestra iglesia está siendo asaltada!» Luego comenzó a borrar evidencia de su fe de su teléfono. Uno de los oficiales empujó la puerta del baño tratando de abrirla. Pero Saghar sabía que los agentes no tienen derecho a entrar, así que se dirigió con firmeza a aquel hombre y le indicó que conocía sus derechos, haciendo que el oficial retrocediera de mala gana.

Lo que había aprendido en aquello reunión continuó ayudando a Saghar. Cuando los oficiales le dijeron que la iban a arrestar, ella pidió la orden judicial, evitando que la llevaran a prisión de inmediato. Cuando le dijeron que habían interceptado su pasaporte y que estaba Correos por razones administrativas, ella no lo creyó.

Al día siguiente fue a la oficina de Correos y allí encontró su pasaporte. Estaba dispuesta a escapar del país. Con las piernas temblorosas, Saghar llegó al aeropuerto tres días después. Sería un milagro si lograba escapar del país: la orden de arresto debía estar lista a estas alturas. Su corazón dio un vuelco cuando vio quién estaba en la cola que tenía que llevar: uno de aquellos agentes secretos que había allanado su iglesia unos días antes.

Este fue el momento más difícil de su vida. Y allí estaba ella sola, sin padres, sin otros cristianos que la ayudaran. En ese momento se dio cuenta de que solo Dios podía ayudarla y que sus únicos compañeros eran los versículos de la Biblia que recordaba. Tenía que recordar porque le habían quitado la Biblia en la redada. «Cuando camines por el fuego, no te quemarás», resonó en su mente.

Al igual que Pedro al salir del bote hacia el agua cuando Jesús lo llamó, Saghar se adelantó para tomar aquel avión. Y mientras los ojos del agente perforaban su espalda, sucedió un milagro: a Saghar se le permitió subir. Solo más tarde, Saghar descubrió que, en el momento en que subió al avión, el servicio de seguridad del aeropuerto la llamó por su nombre. Acababan de recibir la orden de arresto. Pero era demasiado tarde. El avión de Saghar ya volaba hacia su nuevo destino.

¿Qué ha sido de Saghar?

«No estaría sentada aquí hablando contigo si no fuera por mi preparación», nos dice Saghar. Han pasado 4 años desde que escapó de Irán y ella continúa en un país de acogida. «En la reunión con los otros creyentes aprendí a manejar mis emociones y también cuáles son mis derechos. Los oficiales mienten para sembrar la desunión

No sería seguro revelar mucho sobre la antigua iglesia en casa de Saghar. Pero lo que podemos decir es que la iglesia atravesó unida sus pruebas. No creían las mentiras que les decían los oficiales: que ya no tenían derecho a reunirse más o que Saghar los había traicionado. «Lo primero que quieren los servicios de seguridad es desunirnos», explica Saghar, «pero permanecer juntos realmente nos ayudará en estos tiempos. La unidad es esencial para el crecimiento.»

Saghar enfatiza que una historia de huida milagrosa no significa que aquel suceso no la marcó: el primer año en su nuevo país tuvo la misma pesadilla cada noche, una pesadilla sobre la redada. Y esa es solo una de las muchas cicatrices que aquello le dejó.

Después de muchos paseos, ataques de llanto y canciones, Saghar está relativamente bien. Los recuerdos aún la persiguen, pero sabe que hubiera sido mucho peor si hubiera ido a la cárcel. ¿Cómo podemos ayudar? «¡Ora!» dice Saghar, recordándonos que fue un llamado a la oración en medio de la redada lo que la salvó.

«Ningún cristiano debería pasar por esto sin la oración de la iglesia en el mundo.»

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