Una generación de niños ha nacido en mitad de la guerra. A pesar del difícil contexto, mantienen la esperanza

Michel es un niño que tiene la misma edad que la guerra. Creció escuchando viejas historias sobre una Siria que nunca conoció y sobre la casa que tenían antes de que él y su familia fueran desplazados. Llora cuando recuerda algunos detalles de su antigua vida. Conocer a Michel significa también conocer a una familia que se benefició del apoyo de nuestros colaboradores en Siria.

El 8 de marzo de 2011, dos días después de que un grupo de adolescentes fuesen arrestados en Daraa por pintar eslóganes contra el gobierno en una pared, Rasha Nemi se puso de parto. Rasha está casada con Elías Shahoud, quien en ese momento todavía era un soldado cumpliendo con su deber obligatorio para el ejército.

Afortunadamente, Elías terminó sus dos años obligatorios de servicio nacional en el ejército justo antes de que comenzara realmente la guerra en Siria. Ya tenían a su hija Jessica; ella tenía en ese momento sólo un año y medio, los años que le lleva a su hermano.

Vivían pacíficamente en una aldea de Jisr Al-Shughur, en Idlib, al noroeste de Siria, hasta que el arresto de los adolescentes en Daraa dio lugar el 18 de marzo a protestas en las calles. Tres personas murieron ese día en Daraa.

En las semanas siguientes, las protestas continuaron y se tornaron violentas. El gobierno envió al ejército para restablecer el orden en la ciudad, en varias semanas decenas de personas murieron y, lamentablemente, la violencia llegó a su aldea. Como todos sabemos ahora, Siria se hundió en la guerra.

Solo dos semanas después del nacimiento de Michel, hubo un ataque contra Jisr-Al-Shughur. La herida de mi cesárea aún no se había curado y tuvimos que huir de nuestra aldea. Durante diez días nos quedamos en un pueblo cercano llamado Hallouz hasta que las cosas se calmaron. Luego regresamos a nuestro pueblo”, dice Rasha.

Rasha es una mujer encantadora y nada pretenciosa, de unos treinta años. Tiene el pelo castaño medio largo al igual que su hija Jessica, de doce años. Nos sonríen cuando entramos en su casa. Michel nos recibe con una gran sonrisa y unos ojos puros y abiertos.

Después de que Michel y sus padres regresaron a su aldea, permanecieron allí durante tres años. “Nuestro antiguo hogar ahora era un campo de batalla. A veces, el régimen tomaba el control; otras veces los terroristas (generalmente la gente llama rebeldes a los terroristas, ya que así es como los llama el gobierno) se apoderaba del lugar”, dice Rasha. Cuando se le pregunta a Michel sobre esos tres años, responde: “No tenía miedo, solía llevar mi ametralladora de juguete para disparar a los terroristas y alcanzar la victoria. Salía corriendo de la casa y los veía en las calles con largas barbas. Quería atacarlos, pero mi mamá me paraba.”

Pensar en él corriendo con su pistola de plástico da que pensar. Por supuesto, en general no recordamos mucho de nuestros primeros tres años de vida, por lo que posiblemente algunos de sus recuerdos se construyan a partir de las historias que escuchó sobre su primera infancia. Por otro lado, debido a las grandes y traumáticas situaciones que sucedieron y los grandes cambios en su vida, los recuerdos pueden ser más vivos de lo habitual. “Me encantaba nuestra casa en Jisr Al-Shughur. Tenía una bicicleta en el balcón que solía montar todos los días y tenía tantos juguetes escondidos en el ático. Cada verano, nuestros primos y nosotros inflábamos una piscina en el techo y nos divertíamos nadando juntos“.

“Extraño mi habitación, especialmente mi cama; estaba llena de juguetes”

Cuando se le pregunta sobre las cosas que más extraña de esa época, Michel sale corriendo de la habitación, dejándonos solos y preguntándonos qué pasa. Poco después, su hermana dice que está llorando y que no quería llorar frente a nosotros. “Michel tiene mucho orgullo, es un chico muy confiado. Puedo contar con él para ir a la tienda y comprar pan en la panadería, incluso a sus diez años. Es muy responsable, pero siempre oculta sus sentimientos”, dice Rasha, mientras Michel vuelve a entrar en la habitación con los ojos llorosos y las mejillas rojas. Su madre le pide que continúe con su respuesta y él dice: “Extraño mi habitación, especialmente mi cama, estaba llena de juguetes y me encantaba“.

Rasha y su esposo Elías tuvieron que abandonar el pueblo cuando los bombardeos se intensificaron. Las tropas islámicas anunciaron con altavoces que todos los cristianos deberían abandonar la ciudad; alrededor de 100 familias fueron desplazadas juntas. “En 2014, cuando Michel tenía alrededor de tres años, mi hija de cinco años y yo nos vimos obligados a usar el atuendo tradicional islámico para cubrirnos el cabello, la cara, las manos y el cuerpo cuando salíamos de nuestra casa. Elías y yo llevamos tanta ropa como pudimos para los niños y algo de comida enlatada”, dice Rasha mientras describe la escena cuando huyeron de su casa.

Ella frunce el ceño mientras continúa: “Nos estaban gritando, cargué a mi hija y me obligaron a subir a un automóvil diferente al del resto de mi familia. Michel estaba con su abuela en el otro auto. Siempre digo que sentí que Dios estaba extendiendo sus manos sobre nosotros todo el camino hasta que llegamos a la aldea cercana llamada Yakubiyah. El sacerdote nos recibió en un monasterio donde estuvimos unas semanas”.

Michel recuerda detalles sobre ese período. “Mientras nos alejábamos de la aldea, estaba cantando canciones de Siria, entonando el himno nacional; mi familia me hizo callar para que los extremistas no me escucharan y me mataran. En Yakubiyah no me gustaba el monasterio, hacía frío y no teníamos comida”. Rasha interrumpe y cuenta una historia desgarradora. “La abuela de Michel es responsable de la comida; ella siempre cocina para toda la familia. Michel está acostumbrado a correr hacia ella y preguntarle ‘¿qué hay para almorzar hoy?’. Cuando estábamos en el monasterio, toda nuestra comida enlatada se había acabado. Michel se acercó a su abuela y le preguntó: ‘¿Qué hay para almorzar hoy?’ Ella dijo: ‘No tenemos nada para comer, cariño’. Él respondió: ‘Está bien, ¿entonces puedo comer un huevo duro?’ Ella nuevamente respondió: Lo siento cariño, pero tampoco no tenemos huevos.

Él insistió: está bien, entonces hazme un bocadillo pequeño. No pudo contener las lágrimas. Salió poniendo en peligro su vida yendo donde estaban los rebeldes, a buscarle un trozo de pan y algo más de comer”.

La familia Shahoud dejó Yakubiyah después de tres semanas y se dirigió hacia Latakia. “Nos quedamos en la casa de un amigo mientras Elías buscaba una casa para alquilar. Al principio, nos mudamos a una casa que estaba completamente vacía. No teníamos nada. Un pastor de la iglesia bautista nos visitó al llegar, y cuando vio a Michel y Jessica durmiendo en el suelo, salió y nos trajo algunos colchones y mantas; sin eso hubiésemos muerto de frío”, dice Rasha.

El niño que amaba su cama ahora dormía en el suelo. Desafortunadamente, Elías no pudo comprar muebles, equipo de cocina ni suministros para la casa. Esto los llevó a buscar una casa para alquilar que ya estaba amoblada. Mientras tanto, la iglesia de Latakia distribuía ayuda a muchas personas desplazadas con la ayuda de Puertas Abiertas. Se enteraron de la situación de la familia Shahoud, los visitaron e inscribieron su nombre en la ayuda alimentaria.

Se involucraron con esa iglesia. “Los niños asisten a la escuela dominical y Michel ama a sus nuevos amigos allí. Están muy comprometidos; memorizan versículos de la Biblia y guardan las obras de arte que hacen cada semana. Tenemos una pared donde pegamos las artesanías”, dice Rasha. “Uno de mis versos favoritos es: Él sana a los quebrantados de corazón. Lo aprendí en el último campamento con la iglesia”, agrega Michel.

A través de nuestros colaboradores locales, Puertas Abiertas apoya a la iglesia en proyectos de generación de ingresos para cristianos necesitados. Elías solicitó una tienda de comestibles con el equipo de Buen Pastor; después de investigar un poco y escribir una propuesta, nuestro colaborador la aprobó. “La tienda fue un gran paso para nosotros; dejamos de depender de la ayuda y pudimos mantener a la familia. Ahora podemos pagar el alquiler y mantener a los niños. Gracias a Dios por la iglesia y la forma en que nos apoyaron”, dice Rasha.

Finalmente, Michel declara “Amo a mis amigos aquí, pero espero que algún día podamos regresar a nuestra casa. Puedo visitar Latakia, pero prefiero vivir en Jisr Al-Shughur de nuevo. Le deseo a Siria todo lo bueno en la vida. Deseo que vuelva a ser como era antes de que yo naciera y espero que tengamos paz “.

Un niño con un gran corazón, con sueños, pero nacido en tiempos de guerra, experimentó la bondad de Dios, cree en Su fidelidad en el presente y confía en que Él sostiene el futuro y garantizará un mañana más brillante para él y su familia.

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