En los últimos años, la investigación específica sobre persecución religiosa y discriminación nos ha proporcionado una comprensión más estructurada de cómo hombres y mujeres cristianos experimentan la persecución.

La conclusión, en pocas palabras, es que hombres, mujeres, niños y niñas se enfrentan a diferentes formas de presión y violencia por ser cristianos: los hombres tienen más probabilidades de perder su trabajo o ser encarcelados, mientras que las mujeres tienen más probabilidades de ser agredidas sexualmente o forzadas a casarse.

Desde Puertas Abiertas queremos dar a conocer los ámbitos en los que los creyentes son objeto de ataques por causa de su fe específicamente según su sexo. Comprender estas diferentes áreas de vulnerabilidad y sensibilidad nos ayuda a acompañar a la Iglesia con mayor compresión y conocimiento.

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¿Qué tienen que ver el sexo y la persecución religiosa?

¿Cómo es la persecución para los hombres?

Para los hombres, la persecución sigue siendo visible, severa y focalizada, y a menudo tiene lugar en la esfera pública. La violencia física, el acoso económico a través del trabajo y el encarcelamiento por parte del gobierno siguen siendo, una vez más, las formas más frecuentes de persecución. El uso característico de la violencia física se denunció en el 86% de los países que conforman la Lista Mundial de la Persecución 2021. En particular, os líderes de la Iglesia suelen ser detenidos, interrogados, acosados y golpeados.

¿Cómo es la persecución para las mujeres?

Para las mujeres, la persecución sigue siendo compleja, oculta y violenta, y a menudo tiene lugar en la esfera privada. Los dos principales puntos de presión para las mujeres permanecen inalterados: el matrimonio forzado se denunció en el 90%, mientras que la violencia sexual en el 86% de los países de la Lista Mundial de la Persecución 2021, lo que demuestra que las mujeres siguen sufriendo formas de persecución que tratan de controlarlas y dominarlas. Si bien es menos probable que sean golpeadas y asesinadas por su fe, normalmente se les restringen sus derechos y libertades con el fin de coaccionarlas o castigarlas por ser cristianas.

La complejidad de las dinámicas de persecución a las que se enfrentan las mujeres no debe entenderse como que la persecución sea peor para ellas. Más bien, adopta formas diferentes y más numerosas que se acumulan de forma insoportable. Mientras que los hombres de los 50 primeros países experimentaron una media de 7,3 puntos de presión por país, las mujeres de estos mismos países experimentaron una media de 9,5 puntos de presión.

¿Cuál es el principal recurso de los perseguidores?

Los perseguidores hacen uso de la vergüenza. Año tras año, la persecución y la discriminación a la que se enfrentan hombres y mujeres a causa de su fe se manifiesta con frecuencia y de forma sistemática en patrones específicos establecidos, que se alinean con los roles esperados que los hombres o mujeres cristianos desempeñan en su contexto local. Los ataques se dirigen a las áreas más vulnerables de los individuos, a menudo lo que su sociedad considera que da valor a un hombre o una mujer. En el caso de los hombres, esto suele incluir su capacidad para proteger, liderar o proveer a su familia o comunidad. En el caso de las mujeres, suele estar relacionado con su pureza sexual percibida. Cuando se les ataca económica o sexualmente, los hombres y las mujeres han declarado sentirse denigrados y avergonzados.

Aunque son ataques diferentes, representan una experiencia vinculada destinada a socavar la estabilidad. Como destaca el informe, la persecución a la que se enfrenta un hombre o una mujer a título individual suele tener como objetivo afectar a la salud y la estabilidad de su familia, su comunidad y su iglesia en general. Los perseguidores son estratégicos, y a menudo atacan intencionadamente a un individuo para perjudicar a la comunidad cristiana en general. Por ejemplo, si un hombre pierde su trabajo o es enviado a prisión bajo cargos falsos, su familia será económicamente vulnerable y estará desprovista de un marido o una figura paterna.

¿Qué ha supuesto la pandemia en cuanto a este tema?

El impacto de la pandemia del COVID-19 ha servido para hacer aún más vulnerables a las personas que ya eran vulnerables. Ha exacerbado las vulnerabilidades sociales, económicas y estructurales existentes, tanto para hombres como para mujeres. En el último año, los informes sobre la violencia mortal, la seducción selectiva y las agresiones físicas aumentaron, reflejando en parte el impacto de la pandemia. Las mujeres cristianas que ya sufrían abusos domésticos por su fe se vieron obligadas a pasar días interminables encerradas con sus maltratadores.

En el sur de Asia, el confinamiento retrasó durante tres meses la liberación de Lucina, una mujer cristiana de 19 años que fue secuestrada, casada a la fuerza y violada repetidamente. En América Latina, las bandas criminales han aprovechado el caos para ampliar su control, reclutando por la fuerza a niños cristianos para que se dediquen a la delincuencia y aumentando los ataques a los líderes de las iglesias.

Ante este sombrío panorama, ¿qué podemos hacer?

Puede que las comunidades cristianas no puedan detener todas las formas de represión, pero pueden tomar nota de las estrategias que se utilizan contra ellas una y otra vez.

Armados y equipados con este conocimiento, los líderes cristianos pueden tomar medidas para proteger a sus congregaciones y crear resiliencia. Esto podría significar desafiar el estigma que rodea a la violencia sexual que existe dentro de las comunidades cristianas, que a menudo impide que las víctimas se curen y se reintegren en la sociedad.

Hajaratu es una joven cristiana, viuda, de Nigeria. Su marido, David Matthew, falleció por causa de una enfermedad en 2019, quedándose ella sola al cuidado de sus hijos. La noche del 10 de julio de 2020, las milicias fulani cayeron sobre su aldea. Aquel fatídico día, Hajaratu, perdió mucho más que posesiones, reservas de grano, animales o parte de su hogar.

Sobrevivió al ataque pero la devastación que siguió a aquella noche sigue siendo una realidad en su vida. Mientras huía atravesando un río, la fuerza del agua se llevó a su hija para siempre: no pudo hacer nada por salvarla.

Hajaratu es una de tantos cristianos que arriesgan su vida cada día por vivir su fe en regiones hostiles a Jesús. Puertas Abiertas desea ayudar a estos creyentes no solo a sobrevivir, sino a vivir dando fruto a pesar del acoso que soportan.