Cuando la fe supera al fuego: la historia de Hajaratu

Hajaratu es una joven cristiana, viuda, de Nigeria. Su marido, David Matthew, falleció por una enfermedad en 2019, quedándose ella sola al cuidado de sus hijos. La noche del 10 de julio de 2020, las milicias fulani cayeron sobre su aldea y, Hajaratu, perdió mucho más que posesiones, reservas de grano, animales o parte de su hogar. Sobrevivió al ataque pero la devastación que siguió a aquella noche sigue siendo una realidad en su vida. Hajaratu es una de tantos cristianos que arriesgan su vida cada día por vivir su fe en regiones hostiles a Jesús. Puertas Abiertas desea ayudar a estos creyentes no solo a sobrevivir, sino a vivir dando fruto a pesar del acoso que soportan.

La sucia carretera a Chibob es de color siena y está cubierta de baches rellenos de agua de lluvia por las últimas tormentas. Por la aldea se entrecruzan los caminos, desgastados por tantos años de tránsito, conectando las pequeñas agrupaciones de casas. Los cultivos de maíz llenan los campos de alrededor, y las cícadas y los árboles del Neem salpican el lugar antes de llegar al bosque profundo; un paisaje habitual en esta parte del cinturón medio nigeriano.

Pero tras esta escena tan pastoril, se encuentra algo más oscuro.

La mayoría de las casas de los aldeanos no tienen tejado; todo lo que queda son las crudas paredes de ladrillos de barro, cubiertas de manchas negras de humo y fuego. El ataque de las milicias fulani dejó a la aldea en ruinas… pero no fueron los hogares lo único que destruyeron.

La noche del 10 de julio de 2020, las milicias fulani cayeron sobre la aldea, mataron a todo aquel que salió a su paso, prendieron fuego a las casas y saquearon las reservas de alimentos. Ver tal devastación es muy sencillo, pero quizás lo que no se podía ver fuera lo más devastador.

En el cinturón medio nigeriano, los pastores de las milicias fulani asesinan a los cristianos, provocando su desplazamiento y quedándose con sus tierras. No todos los fulani son militantes, son los radicales lo que tienen en su objetivo a los cristianos. También hay un elemento económico que dirige la violencia: los ataques ocurren con el cambio climático como telón de fondo, el deterioro medioambiental y el aumento de la población, lo que ha empujado a los pastores de las milicias fulani, con sus ganados, en dirección sur hacia el cinturón medio.

Pero hay muchas áreas donde los cristianos son claramente el objetivo a batir. Están quemando iglesias y las comunidades cristianas sufren brutales ataques mientras que las comunidades musulmanas en las proximidades (la gran mayoría vive en paz con sus vecinos cristianos) a menudo pasan indemnes. Esta violencia intensifica la tensión en las relaciones entre pastores y agricultores, y tanto líderes políticos y religiosos se aprovechan para impulsar su plan de islamización radical. El gobierno no es capaz de detener la persecución de los cristianos en la región. Chibob es tan solo un ejemplo de este conflicto cuyo coste para los cristianos es inimaginable.

 

Conoce a Hajaratu

Hajaratu, una joven cristiana, viuda, de Chibob, es una de estos creyentes. Cuando las milicias fulani atacaron su aldea, Hajaratu perdió mucho más que posesiones, reservas de grano, animales o parte de su hogar. Sobrevivió al ataque pero la devastación que siguió a aquella noche sigue siendo una realidad en su vida. Compartir esta historia es desgarrador, pero se trata de la realidad para miles de cristianos como ella por todo el cinturón medio nigeriano.

Quedamos con Hajaratu, está sentada fuera de su casa de ladrillos de barro, delante de una puerta de chapa ondulada, oxidada por la época de lluvias y el calor del sol nigeriano. Por el muro exterior se extiende una cuerda donde hay tendidos vestidos de colores, ropa de niños, una manta ligera y pañuelos. Su hogar tiene tejado pero los muros de las casas colindantes están calcinados como señal del ataque. Tiene el pelo perfectamente recogido y tapado por un turbante o “gele” verde y azul.

Su marido, David Matthew, falleció de enfermedad en 2019, quedándose ella sola al cuidado de sus hijos. “Sinceramente, tengo que hacer frente a muchas dificultades”, nos dice. Para Hajaratu, encontrar trabajo para pagar las matrículas de la escuela, las facturas médicas y la comida siempre era un desafío, pero la mayor prueba llegó la noche del 10 de julio.

Esa noche, Hajaratu se sentó debajo de un árbol con sus vecinos antes de ir a casa a preparar la cena y acostar a los niños. Después de que se quedaran tranquilamente dormidos, Hajaratu recuerda ponerse al lado de las ascuas del fuego para calentarse y dormirse.

Unos dos minutos después, escuché los disparos”, cuenta. Entonces despertó a los niños y les dijo que estaban atacando la aldea. “Me eché a mi hija pequeña a la espalda, la sujeté rápidamente con una tela y salimos a la puerta”. Sus otros hijos, que podían correr por sí solos, se apresuraron a unirse al resto de los aldeanos que huían de la aldea.

Aumentaban los disparos y las balas se incrustaban y atravesaban la pared de su cocina. “Salimos todos corriendo en diferentes direcciones”, dice Hajaratu.

Ora con Hajaratu

Hajaratu es una joven cristiana, viuda, de Nigeria. Su marido, David Matthew, falleció en 2019, quedándose ella sola al cuidado de sus hijos. La noche del 10 de julio de 2020, las milicias Fulani cayeron sobre su aldea y, Hajaratu, perdió mucho más que posesiones: su hija murió cuando intentaba huir con ella.

Únete a Hajaratu en oración por ella y el resto de sus hijos:

  • Ora por Hajaratu mientras sigue tratando con el trauma de haber perdido a su hija. Pídele a Dios que proteja a sus otros cuatro hijos y que provea para todas sus necesidades.
  • Pídele a Dios que proteja a los cristianos de Chibob de ataques de las milicias Fulani y que les dé coraje para seguir firmes en la fe.
  • Ora para que haya paz en la región y que el gobierno intervenga, proteja a los cristianos y facilite más ayuda y apoyo en las aldeas cristianas que son atacadas.
  • Ora que la iglesia en Nigeria crezca en número y en obediencia para que siga siendo la luz de Cristo en uno de los países donde es más peligrosos ser cristiano.
  • Ora por nuestros colaboradores en el terreno en Nigeria. Pídele a Dios que les dé sabiduría y que logren dar apoyo, consejería postraumática, discipulados y formaciones, sin ningún obstáculo.

Escríbele

Ahora, tú tienes la oportunidad de enviarle unas palabras de consuelo en este tiempo difícil para Hajaratu.

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Una huida peligrosa

Hajaratu vio a algunos aldeanos correr hacia el río, así que los siguió con la esperanza de conseguir ayuda.

Al llegar al río, me caí y me quedé atrapada en el barro. Me quité los zapatos para seguir huyendo. Los zapatos siguen allí”, comparte Hajaratu.

Gritó pidiendo ayuda pero los demás ya se habían alejado mucho. Consiguió levantarse, empapada y llena de barro, y con su hija llorando a su espalda, finalmente alcanzaron el río. No sabía nadar pero el cauce estaba bajo. Era un riesgo que tenía que tomar si quería sobrevivir junto con su familia. Mientras los disparos seguían atravesando el aire, se introdujo en la corriente con su hija.

El cauce se volvió cada vez más profundo hasta que Hajaratu llegó al centro y comenzó a tener problemas. “Cuando llegué a la parte más profunda del río, me hundí y empecé a ahogarme. Mi hija lloraba mientras yo luchaba por salir a la superficie”, cuenta Hajaratu.

Dejó de hacer pie y la fuerza del agua la arrastró bajo la corriente y lejos de la margen del río. Sacaba y hundía la cabeza una y otra vez conforme se batía contra la corriente. En ese momento, Hajaratu pensó que tanto su hija como ella morirían en el río.

De alguna manera, consiguió llegar a la orilla. Estaba sin aliento. Y entonces, en medio del barro y de la oscuridad, se dio cuenta de que su hija no estaba. El río se la había llevado junto con el trozo de tela cuando estaba intentando salir de la parte profunda.

Empecé a llorar descontroladamente”, relata Hajaratu. No pudo hacer nada. La velocidad de la corriente del río le había robado a su hija.

Finalmente, en medio de la oscuridad e incapaz de controlar las lágrimas, Hajaratu se hizo paso a través de los arbustos. Logró llegar a un pueblo cercano donde un hombre y una mujer que habían oído de lejos los disparos, la acogieron y la refugiaron durante una noche llena de duelo y un profundo desconsuelo.

De regreso a Chibob

A la mañana siguiente, Hajaratu volvió a la aldea para ver si encontraba al resto de sus cuatro hijos, deseando desesperadamente que estuvieran vivos. Lo que vio fue devastador: casas quemadas, ni rastro del ganado (habían robado todos los animales), cuerpos de vecinos asesinados y calcinados pero ni rastro de sus hijos. Todavía flotaba humo sobre la aldea cuando ella junto a otros aldeanos escucharon rumores de un nuevo ataque.

Chibob no era seguro.

Hajaratu y el resto de supervivientes huyeron y lograron llegar a un campamento improvisado para desplazados. Lloró con los demás aldeanos y oró para que alguien la reuniera con sus hijos.

Tres días después, Dios contestó su oración.

Me los trajeron al campamento y los abracé, llorando”, cuenta Hajaratu. “Mi temor era que los hubiesen asesinado, incluso si no había visto sus cuerpos. Ahora este es mi único consuelo y alegría”.

Uno de sus hijos le preguntó por su hermana. “Les dije que el río se la había llevado”, relata. Sus hijos empezaron a llorar y ella hizo lo que pudo para consolarlos.

Peleando con Dios

La pérdida que experimentó Hajaratu zarandeó su fe. “Le pregunté a Dios por qué había permitido tantas muertes en Chibob, y especialmente la de mi familia”, dice.

No recibió ninguna respuesta concreta pero dice que sintió a Dios diciéndole que era el tiempo determinado para que los que murieron abandonaran este mundo. Por ahora, esto es a lo que se agarra Hajaratu: una profunda confianza en los tiempos y propósitos de Dios, que nosotros nunca llegaremos a entender por completo en este mundo.

Antes del ataque, Hajaratu dice que los cristianos vivían en paz con los fulani. Los querían. Cada vez que algún fulani fallecía, la aldea de Hajaratu iba a consolarlos y hacía duelo con ellos; y los fulani hacían lo mismo con los cristianos de Chibob. “De verdad que vivíamos en paz hasta que ocurrió esto”, dice.

El extremismo islámico hizo esta paz añicos.

Nuestra oración constante en el campamento era que no vuelva a ocurrir en Chibob un acto como este”, y añade Hajaratu, “ni a nadie”.

La incesante violencia del cinturón medio nigeriano tienen un impacto en miles de cristianos, como Hajaratu. Para recuperarse de los ataques mortales de los fulani, estos creyentes necesitan desesperadamente tanto ayuda de emergencia como apoyo a largo plazo.

A través de Puertas Abiertas, Hajaratu recibió un paquete de ayuda de emergencia con alimentos (arroz y maíz para alimentar a sus hijos), ayuda financiera para recuperarse y consejería postraumática. La consejería la ha ayudado considerablemente mientras continúa pasando el amargo duelo de haber perdido a su hija.

Me animaron mucho a través del programa de consejería. Os doy muchas, muchas gracias incluso en nombre de las que participaron. Estamos muy agradecidas. Que Dios aumente la sabiduría que os ha dado para que podáis seguir haciendo más por otros”, nos dice.

 

Viendo la luz

Desde entonces, Hajaratu ha regresado a Chibob con sus hijos. Continúa batallando con la pérdida de su hija pequeña, pero está empezando a encontrar esperanza, a ver de nuevo la luz. Conforme vamos terminando la conversación delante de su casa, se pone a separar maíz en un gran bol de plata y canta mientras lo hace. En esta parte de Nigeria, incluso las pequeñas tareas se acompañan con alguna melodía. La traducción de la letra de la canción desvela un corazón herido pero adorador:

Solo palabras de gratitud.

Solo palabras de gratitud.

Mi Dios, no hay nada que pueda ofrecerte,

excepto palabras de gratitud.

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